Carta a mi mejor amiga: la belleza de ser mujer

Carta a mi mejor amiga

Esta es la razón por la que no me gusta contornearme el rostro con maquillaje.

Sé que muchas veces te has levantado de la cama con los sentimientos a flor de piel, casi como si pudieras tocarlos con la punta de tus dedos y aún así te inventas una sonrisa que le regalas a quienes te ven y no permites que te vean decaída.

Has tenido el corazón roto por días, semanas, incluso meses y no has dejado que eso te detenga para seguir adelante con una actitud positiva.

Eres madre, hija, esposa, novia y tienes una infinidad de roles más en la sociedad, en donde aún te quieren hacer sentir menos porque tienes un mal día y estás un poco sensible, pero tú no te dejas, amiga.

Estás clara que tú eres mejor que esos malos humores que te atacan de repente.

Has tenido calambres menstruales más veces de las que quisieras contar y aún así sacas fuerza para caminar con la cabeza en alto, te tomas un analgésico o un té de hierbas y te calzas los tacones, porque tú no eres de las que se rinde jamás.

Sé que te levantas una hora más temprano para lucir perfecta cuando vas a tu trabajo, o a la universidad, te pasas la plancha por el cabello, te pintas las uñas y combinas tu ropa, todo eso mientras te esfuerzas por ser la mejor en tu profesión sin perder el glamour y sin que se corra tu máscara de pestañas.

Conozco tus retos porque yo misma los he vivido y sé de lo que eres capaz, amiga mía. Porque te conozco, te he visto llorar cuando las hormonas te atacan y necesitas ahogar tus penas en un poco de helado o en unas papas fritas con queso.

Querida mejor amiga, eres mujer y eres perfecta tal cual eres, sin embargo, me duele muchas veces, verte cuando te dejas perder en el mar de opiniones de otros, por miedo a alzar la voz, por miedo a que te ignoren, por el simple miedo que no seas escuchada…

Pues bien, querida mía, déjame decirte algo:

Nadie escucha al que no habla.

 

El maquillaje debería ser divertido.

Todo el que me conoce sabe que uso maquillaje casi a diario, pero hay algo que me niego completamente a hacerme en mi rostro: contornearme con maquillaje.

Voy a ser sincera, no tengo nada en contra de quienes deciden aplicar esta técnica y experimentan con los colores, las sombras y la iluminación. Mi verdadera intención es hacer un llamado de atención para que lo hagas por las razones correctas… Por diversión, por juego, por opción, nunca por obligación.

Recuerdo la primera y única vez que me maquillaron profesionalmente. Tenía una boda esa noche y no quería asistir de cara lavada, ni tampoco era una experta haciendo que mi maquillaje durara toda la noche… Mi experiencia no pasaba más allá de comprar por catálogo a esa compañera de la universidad que vendía Avon o darme una vuelta por la farmacia para comprar el reemplazo de mi rubor.

Era sábado en la tarde y ya tenía listo mi vestido morado para esa noche, no me gustan los vestidos largos y con la humedad de Ciudad de Panamá, trasladarte en taxi con un traje de gala que cubriera mis piernas como una manta termal, sancochando el líquido de mis rodillas, no sonaba para nada agradable, así que me agarraría de la excusa de vivir en un país tropical para pasar por alto el código de vestimenta…

Además, siempre he sido rebelde con causa 😉

Mi maquillista se llamaba David, el bordado rojo sobre su polo negro no lo dejaría cambiarse el nombre inesperadamente.

Recuerdo claramente mis palabras cuando me senté en la silla giratoria de metal, justo antes que comenzara con su trabajo:

Mi vestido es morado, quiero que mi maquillaje se vea muy natural y que combine, pero hagas lo que hagas, quiero parecerme a mí misma.

Cualquiera pensaría que una instrucción tan simple sería bien entendida, sobre todo para un experto en maquillaje, pero aquello fue como cuando le dices al peluquero que sólo te corte las puntitas.

Sentía los brochazos en mi cara y el roce de las esponjas, de reojo miraba la gran paleta de colores que David había puesto en la mesa a mi lado, mi subconsciente me advertía que me alejara de los brillantes y coloridos polvos. Y no, no es que tuviera algo en contra del color o de los brillos, de hecho, me encantan, pero ver tantos abultados en el mismo espacio era abrumador.

Todavía recuerdo el peso de las capas que David creaba con sus manos y todos sus elegantes artefactos… Ese día aprendí lo que era un rizador de pestañas y para qué servía. Él hizo mucho énfasis en mis ojos, tenía un poco de escozor mental por las diferentes texturas, podía sentir las sombras en polvo, el corrector de ojeras en crema y la humedad del delineador líquido.

Él es un profesional y sabe lo que hace.

Era el mantra que me repetía mientras él jugaba al lienzo con mi cara.

Estoy segura que había aumentado unos gramos de peso después que terminara con toda esa parafernalia… y tanto que me había costado bajar esos kilos de más, horas de ejercicio tiradas a la basura.

Está bien, tal vez exageraba un poco… El recato a veces no es mi mejor compañero.

En fin…

Para cuando David terminó de maquillarme, la expresión de alegría que me dio al apreciar su propia obra me tranquilizó un poco. Realmente se veía muy satisfecho con el resultado de su trabajo y después de soportar esa media hora de lo que parecía un maltrato para mi cutis o una sesión de boxeo con los pinceles y la pinza de cejas, finalmente comencé a tener algo de fé en el artista frente a mí.

David trabajaba en un salón de belleza bastante reconocido en Ciudad de Panamá y por lo que me estaba cobrando por unos minutos de su día, debía ser bueno, así que sonreí, entusiasmada por ver el resultado final antes de voltear la silla, donde en ese momento apreciaba estar sentada.

Me miré al espejo.

Esa no era yo.

Qué sensación tan extraña fue verme a través de esa superficie de vidrio y encontrarme a una persona completamente diferente, pensé que esas escenas sólo pasaban en los cortos de Hitchcock que veía los fines de semana.

Mis mejillas se veían tan marcadas que hubiera jurado que parecía una estatua griega y mis ojos eran tan grandes que podían hacerle fácilmente la competencia a las caricaturas japonesas… ¿Quién era esa mujer de nariz perfilada y dónde había quedado la que heredé de mi mamá?

Mis labios siempre fueron gruesos y por algún motivo, David pensó que sería buena idea adelgazarlos y de paso alargar mis pestañas a tal punto que parecieran arañas o tal vez centollas… Ni me había dado cuenta cuando me colocó esas postizas.

¿Dónde estaba mi cara?

Me enojé y mucho.

Y por supuesto que le reclamé a David por no haber seguido mi indicación. Su único objetivo era maquillarme para la boda de una amiga, combinarme con mi vestido morado y dejarme pareciéndome a mí misma, en cambio parecía que habían pasado Photoshop por mi cara.

No reconocía en absoluto a la mujer que me miraba como juzgándome desde el espejo.

Al final, le pedí una varias toallitas limpiadoras, pagué y me fui muy molesta y frustrada, porque acababa de perder media hora de mi vida y todavía tenía que peinarme y terminar de arreglarme… Y por supuesto, mágicamente, aprender a maquillarme.

Realmente no tengo nada en contra del maquillaje. En serio. Sin embargo, desde aquella experiencia con David, no he vuelto a dejar que nadie experimente de manera tan drástica con mi cara, ni siquiera yo misma.

Después de ese día comencé a seguir vloggers en Youtube y aprendí muchas formas de jugar con los colores y las texturas sin necesidad de perder mi esencia, ni mucho menos ocultarme bajo capas y capas de productos que no hacen más que tapar mi naturaleza.

Me encanta jugar con maquillaje, pero como una opción, como una forma de expresarme y sentirme creativa, nada más que parte de un juego conmigo misma, en el que involucro a mi ropa, mi peinado y por supuesto, mi personalidad, pero nunca con la intensión de parecer otra persona, una que cuando me mire al espejo ni siquiera pueda reconocer, aún cuando he pasado toda la vida junto a ella.

A ti, querida mía, te digo hoy, que no necesitas perfilar tu nariz, ni agrandar tus ojos o afinar tus labios para ser perfecta.

Tengo una noticia para ti, amiga mía: ya eres perfecta tal cual eres.

Eres perfecta incluso con ese granito que te salió a un costado de la mejilla izquierda porque el amor de tu vida estaba pensando demasiado en ti ese día, o porque te dejaste llevar por tu lado goloso con una cucharada extra de mantequilla de maní y jalea.

Nadie te juzga más que tú misma.

Celebra tu belleza con tu ropa, exalta tus facciones con colores alegres e ilumina tu sonrisa con ese labial rojo que tanto te gusta, pero únicamente porque quieres hacerlo, porque te gusta, porque te da la gana.

No permitas nunca que, la sociedad, o las amigas, o la familia, o los amores, o incluso tú misma, te roben lo que te hace ser tú… Si dejas que te lo quiten, ¿qué queda? ¿Dónde quedarás tú?

Realmente no necesitas cubrirte con cinco centímetros de pastas para ser hermosa, sólo necesitas aprender a aceptarte tal como eres y a valorar lo que ya tienes. Te lo juro, amiga. Ya lo tienes allí, si no me crees, extiende tu mano y toca tu rostro, siente bajo tus dedos la textura de tu piel, estoy segura que hasta podrás sentir el calor del resplandor de tu mirada.

Ten presente que nadie tiene el poder de prohibirte que realces tu belleza jugando con los colores, las sombras o la iluminación, como cuando ibas al kínder y pintabas muñecas en tus cuadernos de dibujo, pero asegúrate que lo hagas por eso, por un juego y, sobre todo, como una opción, la que puedes desechar en cualquier momento que decidas salir de cara lavada a la calle.

Espero, amiga mía, que puedas abrazarte a ti misma en este momento y darte cuenta que nadie debe juzgarte porque un día decidas limpiarte el rosto y salir con la frente en alto, exhibiendo orgullosa el granito en tu mejilla, después de haberte quitado los tacones.

Recuerda amiga, que la belleza interior se refleja y la seguridad con la que camines mañana no depende de la marca de tus polvos compactos, sino de tu actitud hacia la vida, la que llevas como una gloriosa diva, a pesar de los corazones rotos, los calambres mensuales o el dolor de cuando se te quiebra una uña.

Si nunca te lo han dicho amiga mía, te lo digo ahora: eres mujer y eres perfecta.

Con amor,

Ritchie.

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