Oda al silencio: Lecciones que me dejaron los silencios incómodos con mi ex

Oda al silencio

Hace unos años conocí a un chico que cambió mi vida con su indiferencia. Le permití colocarme en una posición inferior, sin embargo, aquella situación me trajo grandes lecciones de vida que hasta hoy aprecio.

Realmente esto no será una oda, y él tampoco fue realmente mi ex-novio, sin embargo, sí quiero tomarme unos minutos para apreciar el valor del silencio, subestimado por muchos en estos tiempos donde nos bombardea el ruido.

Desde ahora te advierto, este será un post muy personal… Y revelador… Y real.

 

Yo tendría tal vez unos dieciocho años, quizás diecinueve y estaba teniendo un digamos romance con un extranjero que daba clases conmigo en la universidad. Sé que la palabra romance puede resonar y retumbar en el oído de una que otra alma puritana que me lee, sin embargo, sin miedo alguno a ser señalada, me atrevo a contar la situación con todas sus letras.

Su nombre real no lo diré, ya que aún somos contactos en Facebook y tenemos amigos en común y la verdad, no creo que valga la pena revelar su identidad… Así que digamos que su nombre era Moisés.

Moisés, como el libertador de los judíos.

Y no, a pesar que tengo cierta atracción por las grandes narices y peculiares rasgos de los judíos, no olvidemos mi cuento La Latina y el MediterráneoMoisés no era judío, Moisés es sólo el primer nombre que se me viene a la mente en este momento.

Moisés y yo llevábamos más de un año teniendo pícaras conversaciones, bastante pasadas de tono hasta altas horas de la noche. Él trabajaba como bar tender en un restaurante de la localidad y solía llegar a su casa en la madrugada, a las horas en las que usualmente la gente normal está durmiendo.

Pero yo no dormía a eso de las dos y media de la mañana, cuando el ícono de mi messsenger comenzaba a brillar anunciando que Moisés se había conectado. Aquello era como una rutina de ejercicios, o quizás un mal hábito… Sí, un mal hábito suena como una mejor descripción para aquello; como comerse las uñas o auto flagelarse.

Yo trataba de dormir a eso de las diez de la noche para tener fuerzas para las osadas conversaciones que me esperaban en mitad de la madrugada.

Qué inexperta, inmadura y tonta era.

Sacrificando mis horas de sueño y acomodando mi horario a los suyos, a cambio de unos minutos de su tiempo a través de la fría pantalla del computador, la interrumpida conexión del dial-up o una llamada furtiva bajo el velo de la oscuridad.

Realmente no juzgo a mi yo de hace diez años, la sociedad se ha encargado de hacernos pensar a las mujeres que está bien que el hombre sea quien marque el paso, quien defina las pautas y nosotras, bien-mandadas debemos seguir para no quedarnos solas.

Es curioso porque no nos damos cuenta que, al tratar tanto, nos restamos valor a nosotras mismas, después de todo, ¿crees que él quiere lo que es fácil?

El hombre por naturaleza es un cazador y no gusta de aquellas presas que están demasiado disponibles, expuestas sobre el plato con todo y postre, listas para meterles diente.

Pero claro, en ese entonces qué iba a saber yo de la vida…

Estaba conviviendo en un mundo de adultos, teniendo conversaciones indecentes con un individuo siete años mayor que yo, que para variar tenía muchas más experiencias que le llevaban la ventaja a mi disque ingenuo cerebro.

Pero no quiero distraerme demasiado del tema… Vayamos a la parte donde el silencio juega un rol importante y me deja lecciones de vida que he aprendido a valorar hasta hoy.

Moisés dejó de ser bar-tender y consiguió un trabajo cerca de mi casa.

No voy a negar que Moisés tenía su lado bueno – y esta es la parte donde me río para mis adentros – porque así es como la sociedad quiere que pienses de los hombres que te menosprecian, por los que tú te dejas menospreciar.

La familia tradicional, algunas agrupaciones religiosas, quizás uno que otro gobierno y esos amigos muy conservadores quieren que te sientas bien viviendo bajo el efecto de esta premisa: “Mi marido me pega con una mano, pero me da una rosa con la otra”.

Y, ¿qué quiero decir con esto?

Que mientras las personas te den o hagan algo lindo, “está bien” que te dejes pisotear, porque está bien restarte valor como mujer y como ser humano, siempre que al final del día te den un beso en la frente y te compren un ramo de flores en el supermercado.

Los ramos de flores son cadáveres en descomposición.

Al igual que tu autoestima cuando permites a alguien restarte valor, ya sea porque sientes que debes conformarte, porque te han enseñado que eso es a lo mejorcito que puedes aspirar o simplemente porque es más cómodo mantener el status-quo.

Una relación donde no te haces valorar como lo mereces, es como un gobierno en dictadura… Tal vez te asegures un molde de pan, tres latas de tuna y una bolsa de papel higiénico con la que limpiarte donde-ya-tu-sabes para el final del mes, pero siempre bajo el control de un tirano que coloca el embudo que más le conviene a él.

Bueno, como iba contando, Moisés consiguió un trabajo cerca de mi casa y solía pasar por mí en las tardes cuando salía para llevarme a la universidad, después de todo, compartíamos clases.

Al principio los viajes eran bastante incómodos, pero agradezco inmensamente el tráfico que alentaba los silencios y me hacían ver que Moisés y yo realmente no teníamos mucho en común, más allá del placer que disfrutábamos cuando las hormonas se alborotaban y los fluidos corporales comenzaban a correr.

Y fue entonces cuando comencé a apreciar el silencio.

Creo que a Moisés realmente no le importaba mucho si yo hablaba durante el camino o no, siempre que lo masajeara en los lugares indicados, sorteando el estrés del tráfico.

Debo confesar que al principio su actitud poco importa me dolía profundamente. Él no perdía una oportunidad para hacerme entender con sus silencios el poco interés que tenía en conocer a la mujer que estaba a su lado, una que estaba llena de ideas, de opiniones, de libros leídos… Una nerd que se devoraba cuanto artículo de ciencia, política, religión o metafísica que se cruzara frente a sus anteojos.

Yo sabía que valía mucho más que un paseo en auto para satisfacerlo, porque estaba segura que tenía mucho para compartir, más allá que sólo sexo.

Siempre anhelé largas conversaciones sobre los orígenes del Universo, sobre los hoyos de gusano o sobre los agujeros negros, pero por muchas razones me conformé con permanecer callada justo después de ser poseída por él, porque el valor que me había dado a mí misma no era más que el de un cuerpo femenino que sólo servía para satisfacer los deseos de la mente de un sureño recién llegado al país.

Y le rendí tributo al silencio… Y compuse una oda sin palabras… Y se convirtió en mi himno.

Después de diez años, puedo hablar tranquilamente de la experiencia y hasta compartirla con el amplio mundo del internet y mis lectores y lectoras, a quienes quiero extenderles las lecciones que me dejaron los silencios incómodos con mi ex, Moisés.

No soy ninguna experta en relaciones de pareja, pero, después de muchas experiencias, sí me considero experta en amarme a mí misma antes que a cualquier otra persona y puedo extraer algunas conclusiones.

Si no se siente bien, no continúes.

Siempre digo que la intuición es un músculo y puede ejercitarse, pero si lo ignoras no habrá manera que mejore. Si estás con alguien y no te sientes del todo cómoda en su presencia, no antepongas los convencionalismos ante tu bienestar.

El tiempo en solitario también es delicioso.

No cambies quien eres por alguien más.

Dicen que nuestra personalidad puede variar dependiendo de la persona con la que estamos, por ejemplo, si compartimos mucho tiempo con alguien que dice muchas palabras sucias, lo más probable es que nosotros terminemos diciéndolas también y tal vez nos convirtamos en personas más directas a la hora de hablar, pero, volviendo al punto anterior, si no se siente bien, no continúes.

Pueden llegar personas a tu vida que te ayuden a cambiar para bien y esos cambios te harán brillar, te harán sentirte más cómoda en tu propia piel y será positivo conservar individuos así contigo.

Sin embargo, si sientes que un molesto calor te irradia cuando estás cerca de alguien, tómate un tiempo para analizar la situación y si realmente vale la pena continuar.

Quiérete primero a ti.

Y con esto no estoy aconsejando para que vayas a hipnotizarte con tu reflejo a la orilla de un río cual Narciso, sólo no permitas que ningún Moisés opaque tu luz.

Si no puedes reírte a carcajadas hasta que te duela el estómago cuando estás con alguien, ten por seguro que esa persona no es para ti.

Si tus mejillas no se sonrojan tiernamente al encontrarse con su mirada y si su toque no te eriza hasta el último cabello de una forma pura y hasta inocente, tal vez es hora que reconsideres la cantidad de tiempo que le dedicas a ese alguien.

 

Quizás suene idealista, iluso, utópico o estúpido, pero realmente creo que el amor debe vivirse plenamente y a partes iguales, o al menos, no tan desiguales y nadie debe verse inmerso en incómodos silencios por cumplir con la formalidad de estar con alguien.

No permitas que la presencia de ningún Moisés reprima tu espíritu, estás en este mundo para disfrutar tu vida, ya sea en solitario o en compañía de alguien, sólo asegúrate de realmente disfrutarla.

Y sobre todo, no subestimes el poder del silencio, recuerda que es en silencio cuando piensas, cuando tienes la oportunidad de conocerte como individuo, sin distracciones y sin miedo a que te señalen.

Que todo lo que hagas se sienta bien.

Con amor,

Ritchie.

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