A mi querida lectora: La verdadera historia de Ana

A mi querida lectora: La verdadera historia de Ana

A raíz de la publicación de mi serie romántica El Viaje de Yani hace unas semanas, recibí un correo de una lectora contándome sobre el suicidio de su hermano. Hoy, quiero darle las gracias por compartir su historia conmigo.

La inspiración detrás de El Viaje de Yani

Como ya saben, hace un par de meses comencé a publicar una Serie Romántica llamada El Viaje de Yani, y sí, me cuesta un poco creer que ya hayan pasado dos meses desde que lancé al mundo esta historia paralela a mi novela Yo no soy Sarah Piggs.

Debo confesar que cuando empecé a escribir, no estaba segura de las reacciones que podría provocar en mis lectores, después de todo hablo de un tema bastante delicado: El suicidio.

Pero, ¿de dónde vino la inspiración para esta historia?

 

Viernes 19 de febrero de 2016.

Eran cerca de las dos de la tarde y yo estaba en un restaurante de la Ciudad de Panamá disfrutando de una pizza vegetariana y algo de agua con gas y limón con dos amigos.

Mi teléfono comenzó a vibrar eufóricamente de repente, llamando mi atención de inmediato.

Me acuerdo perfectamente de ese día, mi agenda estuvo apretada, llena de actividades y uno de mis amigos me estaba haciendo bullying porque yo llevaba un suéter negro y un cardigan, según él, demasiado caliente para el inclemente clima húmedo de Panamá…

Tenía razón, sin embargo, yo me sentía cómoda en aquella terraza disfrutando de la brisa que generaba el ventilador sobre nuestra mesa.

A mi amigo lo ignoré después de morder el primer pedazo de pizza, pero con mi teléfono, sencillamente no podía hacer lo mismo. A pesar que siempre evito mirarlo cuando estoy compartiendo tiempo con alguien, la intensidad de la vibración era casi absurda.

¿Quién me necesitaba con tanta urgencia?

Me excusé un momento de la mesa y revisé las notificaciones. Ver tantos íconos verdes me mareó.

Era uno de mis mejores amigos, quien está trabajando en el extranjero.

 

 “Estoy debatiéndome entre comprar un arma o no… Bueno… Te quiero mucho.”

 

Fruncí el entrecejo completamente confundida por lo que decía, lo único que se me vino a la mente en ese momento fue que tal vez quería comenzar a practicar en su puntería…

No lo sé, cada quien con su tema.

 

“Un arma… ¿Para qué?”

 

Le escribí en respuesta.

 

“Ya llegué a mi punto de inflexión… Ya veremos qué pasa.”

 

Todavía no comprendía bien de lo que hablaba.

 

“Hasta aquí llegué… Adiós, mi lindo pajarito.”

 

Y cuando leí esas palabras fue que entendí lo que quiso decirme desde un principio y mi corazón se detuvo por un largo momento.

Mi amigo, a quien quiero inmensamente, como un hermano, me estaba avisando que se quitaría la vida ese fin de semana.

Todos mis sentidos se alertaron y en ese justo instante supe que debía hacer algo. No estaba segura de qué, pues él estaba a miles de kilómetros de distancia, y lo único que estaba a mi alcance, era utilizar el poder mis palabras.

Creo que esa tarde me gradué como escritora… Por así decirlo.

Hablamos por un largo rato, yo tratando de convencerlo que aquella decisión era una pésima idea. No me daría por vencida fácilmente, así que le di perspectiva desde un punto de vista espiritual, karmático, lógico e incluso cínico, sin embargo, él seguía cerrado en que su mejor opción era simplemente expirar, como me dijo entre todo lo que escribió.

Tenía que dejar el restaurante y no me atrevía a hablar de eso con los amigos con quienes estaba, además, estaba segura que mi amigo se disgustaría profundamente y probablemente me privaría de su amistad por un largo período de tiempo si comentaba algo.

¿Eso importaba en aquél momento?

Realmente no lo creo, pero no estaba pensando correctamente. Después de todo, mi amigo me acababa de decir que iba a suicidarse.

Recuerdo que lloré bastante esa tarde, imaginándome su ausencia en mi vida y por más que traté de mitigar esos pensamientos para que no me atormentaran, sobre todo mientras estaba manejando, me fue imposible.

Pero no importaba lo que pasara, no me resignaría.

Como pude, con una mano en el volante y la otra en el botón de mensajes de voz del teléfono, tuve una larga conversación con él, una que literalmente duró horas. Discutimos mucho y él se molestó más de una vez conmigo, por decirle verdades sin anestesia.

Y es que llegó un punto en la conversación en la que no pude suavizar más mis palabras y tuve que sacar mi rabia y frustración y estrellárselas, metafóricamente hablando, a través del teléfono.

 

Llegué a decirle directamente: “Si esta es tu decisión, bien. Fue un placer conocerte”.

 

Al final, mi amigo no se suicidó, con mi ayuda y la de otros amigos desistió de tal idea, sin embargo, el recuerdo de la situación rondó mi mente por los siguientes días.

Acababa de lanzar mi novela Yo no soy Sarah Piggs, tenía muchos sentimientos encima y variados compromisos que a veces inundaban mis días y me hacían sentir que ya no podría más.

Así que necesitaba canalizar.

Y comencé a escribir sobre Yani.

Creo que en el primer capítulo de El Viaje de Yani se puede notar mi dolor, la verdad es que no traté de disimularlo ni por un momento, así como últimamente no disimulo ninguno de mis sentimientos, simplemente los dejo ser libres, fugaces o perennes.

Y entonces conocí a Ana, la verdadera Ana.

Cuando comienzo a redactar una historia nueva lo que más me cuesta es bautizar a mis personajes, a veces he estado tentada a aplicar la técnica de J.K. Rowling e irme a pasear por el cementerio para hurtar nombres de las lápidas.

Sinceramente, prefiero no ser tan tétrica.

Así que, antes de darle nombre a un personaje, investigo un poco y siento, en cierto modo, la vibración de ese nombre y el encaje que puede tener con mi personaje.

A veces es un proceso largo, confieso, por ejemplo, Emilie, la protagonista de Yo no soy Sarah Piggs, tuvo al menos ocho nombres ⎯ seguramente más ⎯ antes de finalmente escoger el que me pareció perfecto para ella, el que entonaba con su personalidad armoniosamente.

El nombre de Ana no fue más simple.

A pesar de ser un nombre corto, eso no demerita su valor, busqué su origen en diferentes culturas y me imaginé a una chica en sus veintitantos años, enamorada de un tal Yani que acababa de suicidarse.

Y su nombre se sintió bien.

Tan solo un par de semanas después de publicar el primer capítulo, llegó a mi bandeja de entrada un email de Ana.

Sí, es en serio. Ana me escribió.

Bueno, no exactamente la de la historia, sino una lectora llamada Anayansi.

Y me dijo:

 

Hola Ritchie. Me encantó el primer capítulo de tu libro Yo no soy Sarah Piggs, también tuve la oportunidad de descargar el que escribes en paralelo al de Sarah; El viaje de Yani y de verdad me impactó mucho, ya que hace unos años mi hermano se suicidó. Éramos muy unidos y leer este capítulo me trajo muchos recuerdos de él.

Me alegra saber que eres de Panamá al igual que yo.

Anayansi.

 

Antes de continuar, quiero aclarar que le pedí autorización a Anayansi para publicar su historia, y he omitido algunos detalles que puedan revelar información sensitiva sobre ella.

Anayansi es una chica real, no el personaje de una novela. Es una joven panameña que vive con el recuerdo de su hermano, a quien quiero dedicarle estas palabras, porque, aunque no puedo entender enteramente el dolor de un suicidio, sus palabras me han inspirado.

Porque las personas me inspiran.

Porque mis lectores me inspiran.

Porque tú me inspiras.

 

Después de terminar de leer el correo de Anayansi no supe qué decir. La verdad es que es muy difícil dejarme sin palabras, ya que, como buena escritora, tengo muchísimas para compartir, pero esa noche, mientras estaba recostada en mi cama, abrazada a una de mis almohadas, me quedé muda.

Completamente muda.

Mentalmente muda.

Con muchas emociones activadas, decidí responderle simplemente lo que sentía… Lo que verdaderamente sentía:

 

Hola Anayansi. Lamento leer lo que me dices de tu hermano, de hecho, El viaje de Yani lo empecé inspirada porque uno de mis mejores amigos, a quien considero como un hermano, quiso suicidarse hace un par de semanas. Afortunadamente, en este caso, él desistió de esa idea y ahora está mucho mejor.

También hace poco perdí a alguien, no por suicidio, sino por muerte natural y realmente entiendo lo doloroso que es saber que ese alguien ya no está, sobre todo si es cercano.

Si no has tenido la oportunidad de leerlo, escribí un artículo en el que hablo de cómo estoy manejando el dolor de esta pérdida. Te lo comparto y si en algo puede ayudarte, me sentiré feliz. El poder del amor propio: 5 Pasos para superar problemas.

Te mando un cálido abrazo y también me alegra que seas panameña.

Ritchie.

 

Cuando comencé a estudiar Los Principios Herméticos, entendí que no debo permitir que mi energía se consuma en asuntos externos, sin embargo, cada vez que abría el documento donde escribo El Viaje de Yani, no podía evitar pensar en Anayansi.

Ya no había marcha atrás; me había sintonizado con su dolor y se había vuelto personal.

Sin embargo, allí no termina la historia.

Su respuesta no se hizo esperar.

 

Gracias Ritchie por compartir conmigo el excelente artículo, al leerlo anoche medité mucho y de verdad que me sentí identificada con él. Tu manera de escribir hace que uno viva el momento a medida que lee. Ojalá un día pueda conocerte personalmente.

Cariñosamente,
Anayansi 🌹.

 

Inconscientemente dejé pasar el tema, después de todo debía poner en práctica el Principio del Ritmo, el que dice:

Todo en la vida tiene un pendular. Cuanto más lejos ha llegado el péndulo en el polo negativo (tristeza, dolor o sufrimiento), más se inclinará luego hacia el otro extremo (alegría y felicidad).

El movimiento siempre comienza en el extremo negativo y nunca al revés. Es decir que, si se ha sufrido un gran dolor, la vida luego nos compensa con una gran alegría.

Y, ¿qué tiene que ver esto con absorber la tristeza de Anayansi? Voy a explicarlo con un ejemplo de uno de mis libros favoritos:

 

El principio del ritmo que encontramos a diario es la música. La música es ritmo y tiene su propio movimiento pendular. El tipo de música que uno prefiere denota en gran medida la velocidad del péndulo en el cual uno está oscilando.

Si a uno le gusta la música romántica, el péndulo oscilará más lentamente; si uno prefiere la salsa o el rock, estará moviéndose a mucha mayor velocidad.

Hemos aprendido que para programar nuestra mente debemos tener presente lo que hablamos, lo que visualizamos y aquello que sentimos. La música, por lo general, reúne estos tres elementos.

Cuando uno canta canciones tristes, repite las palabras con entusiasmo; se visualiza con claridad lo que se está cantando y, finalmente, se pone el condimento más importante: el sentimiento.

Si una persona canta “no soy nada sin ti”, nuestra mente tomará esta frase como una “orden” y hará todo lo posible para ejecutarla, haciendo que dicha persona se sienta en la miseria al estar separada de su pareja.

 

Todo esto quiere decir que, si tenemos presente lo que hablamos, lo visualizamos, luego lo sentiremos y daremos una instrucción contundente a nuestra mente sobre el próximo paso.

Y esto, no sólo se aplica a la música, también es aplicable en lo que lees.

Y eso, era exactamente lo que me pasó con las palabras de Anayansi.

Leí, visualicé y sentí cada una de sus palabras y por más que me conmovieran no podía permitir que consumieran.

Así que dejé ir el sentimiento y me enfoqué en escribir.

Hasta que volvimos a intercambiar una serie de correos después de haber publicado el tercer capítulo de El Viaje de Yani.

Las primeras líneas del capítulo dicen:

 

Los suicidas no van al cielo.
Y si no van al cielo, ¿a dónde van?
Yani había cometido lo que llamaban un pecado.
No debía convertir ese pensamiento en una fijación, no me llevaría a nada bueno.
Además, tal vez todo era parte de una simple leyenda urbana, aquello de la religión, quiero decir… Quizás eso del cielo y el infierno no era más que un mito.
Como los hombres lobo…
El Olimpo…
Y los nargles.

 

Y pocos días después, tenía este correo en mi buzón:

 

Guau Ritchie… Leí tu capítulo 3 de El Viaje de Yani y estoy de verdad sorprendida. Como te dije en correos anteriores me identifico con esta historia por la muerte de mi hermano. Al leer el título de este capítulo me impactó porque esa pregunta me la he hecho no sólo una vez, sino miles de veces.

Quedé sorprendida de verdad al leer el nombre de mi hermano en este capítulo. Lloré y me pregunté si es su forma de conectarse conmigo. Su nombre era Oreste.

Gracias porque a través de este relato he entendido que somos muchos los que sufrimos de verdad cuando perdemos a alguien que amamos.

Abrazos,
Anayansi.

 

Juro que quedé fría.

Estaba detenida frente al semáforo en rojo cuando vi ese correo.

Y el mutismo mental me llenó.

¿Cómo puedes responder a algo así?

Una vez más, sólo fui sincera.

 

Hola Anayansi.
Se me erizó la piel mientras leía este mensaje. Lo leí hace como una hora y te lo juro que no puedo dejar de pensar en lo que me dices.

Supongo que nada pasa por casualidad y tal vez, esta sí es una manera en que tu hermano, o el Universo, o Dios, o alguien de un plano distinto al nuestro, está tratando de mandar un mensaje… Si ese es el caso, estoy honrada por ser la mensajera. Y si no, me alegra que de algún modo mis escritos te ayuden, ya sea a entender, a dejar ir, o simplemente a llorar y sacar las emociones.

Te mando un fuerte abrazo,
Ritchie.

 

De todos los nombres que escribí en esos capítulos, el más exótico y rebuscado, resultó ser el nombre del hermano de Anayansi: Oreste.

Realmente me pregunto cuáles son las probabilidades.

Apenas estaba procesando nuevos pensamientos referentes al tema, cuando mi teléfono me anunció que tenía un nuevo correo de Anayansi.

 

Imagínate… Tú te quedaste pensando largo rato, a mí todavía no se me pasa, pero quiero que sepas que sé que Dios te puso en mi camino con algún propósito, ya que, a través de este relato, he podido enfrentarme a cosas que no quería enfrentar, como miedos ocultos, y al ver que tú los escribes, me ponen a reflexionar.

Gracias mil,
Anayansi.

 

Después de esto, sentí la necesidad de publicar su historia y le solicité autorización para hacerlo. Anayansi, amablemente accedió y aquí estamos. Más de dos mil cuatrocientas palabras después, reflexionando un poco sobre los misterios del Universo… Esos que nos hacen caer en cuenta que la vida tiene sentido hacia atrás, aunque haya que vivirla hacia adelante.

Con estas palabras quiero dar gracias.

Gracias a la vida por ponerme frente a historias como esta, con las que me encuentro día a día, cuando me siento a tomar un té en una cafetería y converso con mi vecino del frapuccino con leche de almendras… O cuando abro mi correo y tocan a mi puerta, sólo para conmoverme e inspirarme a seguir escribiendo.

Simplemente gracias.

Con amor,

Ritchie.

CALIFICACIÓN:

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  1. erika says: Responder

    Ritchie cuando vas a escribir el 5to capítulo del viaje de Yani?… tienes más de 1 mes que no escribes! Please!

    3
    1. ritchieccl says: Responder

      Hola Erika. De hecho el capítulo 5 y 6 salen esta semana 😉

      0
  2. […] su hermano Oreste se suicidará. Su historia me tocó tanto que escribí un artículo al respecto: A mi querida lectora: La verdadera historia de Ana, después de leerlo, Anayansi volvió a escribirme y decidí mandarle un mensaje, porque creo que […]

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